Escrito
Mano extendida
Hubo días en que quedarme ahí era fácil. El pajarillo verde venía y las palabras caían solas, como migas dejadas con cuidado. Yo creí que bastaba con estirar la mano, que ese ir y venir tenía algo que ver conmigo.
A veces se posaba un rato. Otras, levantaba vuelo sin aviso y yo me quedaba contando ausencias. Volvía cuando el día pesaba, cuando la pereza pedía compañía. Tardé en entender que no era la única mano abierta, ni el único lugar donde encontraba alimento.
El cuerpo lo supo antes que yo: esa inquietud en el pecho, esa urgencia por hacer nido con quien nunca pidió quedarse. Ahí me vi, reconociendo mis apegos, nombrándolos sin culpa.
No escribo para reprochar. Escribo para agradecer la claridad. Para decirme que ya no tengo edad —ni ganas— de confundir intermitencia con misterio. Que aprender a soltar también es una forma de cuidado.
Hoy dejo la mesa limpia. Si el pajarillo vuelve, sabré mirarlo sin esperar. Y si no, seguiré mi camino con una calma nueva, de esas que no hacen ruido, pero reordenan por dentro.

